El espejo de Tucídides: la sutil coreografía del poder entre Pekín y Washington

 

El espejo de Tucídides: la sutil coreografía del poder entre Pekín y Washington

Por: Alberto Kok

Hay frases diplomáticas que se pierden entre comunicados oficiales y fotografías de protocolo. Y hay otras que, por un instante, parecen abrir una grieta desde la cual observar algo más profundo: cómo las grandes potencias se perciben a sí mismas, qué temen perder y qué futuro imaginan para su lugar en el mundo.

Cuando el presidente chino, Xi Jinping, evocó la llamada “trampa de Tucídides” durante su encuentro con Donald Trump y, poco después, sostuvo que el “gran rejuvenecimiento” de China podía convivir con la aspiración de “hacer América grande otra vez” (Make America Great Again), muchos interpretaron aquellas palabras como una cortesía diplomática. Otros vieron una advertencia.

Quizá fueron ambas cosas. O algo más sofisticado: una forma de jiu-jitsu discursivo en la que el lenguaje deja de ser solo comunicación para convertirse en instrumento de poder.

Una conversación improbable entre Atenas, Esparta, Pekín y Washington

La “trampa de Tucídides” abandonó hace tiempo las aulas de Historia para instalarse en el centro de los debates geopolíticos contemporáneos. Popularizada por el politólogo Graham Allison, la idea remite a una observación del historiador griego: el ascenso de Atenas y el temor que este provocó en Esparta hicieron inevitable la guerra del Peloponeso.

Pero reducir esa tesis a una profecía sería simplificarla demasiado.

Tucídides no sostuvo que las potencias emergentes y las dominantes estén condenadas a enfrentarse. Describió algo más humano y, precisamente por ello, más inquietante: cómo el miedo, el orgullo nacional y los errores de cálculo pueden transformar tensiones manejables en conflictos estructurales.

La analogía con el siglo XXI resulta incómoda porque parece plausible. China encarna la potencia ascendente —y reclama reconocimiento para su nueva posición—; Estados Unidos representa a la potencia establecida. Sin embargo, cuando Xi invoca la “trampa” frente a Washington no solo propone una reflexión histórica. También desplaza, de forma sutil, la responsabilidad potencial del conflicto: el problema dejaría de ser el ascenso chino para convertirse en la ansiedad estadounidense ante una posible pérdida de hegemonía.

No es una acusación explícita. Es más eficaz que eso.

El elogio que encierra una reducción simbólica

Quizá el momento más revelador llegó cuando Xi afirmó que el “gran rejuvenecimiento de la nación china” podía avanzar en paralelo al proyecto político condensado en el lema MAGA.

Adoptar el lenguaje del interlocutor es una técnica diplomática habitual. Pero en este caso había algo más profundo: una operación conceptual.

El eslogan Make America Great Again contiene una premisa silenciosa. Si algo debe volver a ser grande, es porque existe la percepción de que dejó de serlo. La frase nace de una sensación de pérdida —industrial, económica, cultural o política— instalada en parte del imaginario estadounidense.

Al situar el “rejuvenecimiento” chino junto a la “restauración” estadounidense, Xi introdujo una equivalencia simbólica difícil de ignorar: ambas naciones estarían intentando recuperar algo extraviado.

La comparación establece una simetría sugerente:

  • China busca restaurar la centralidad histórica que considera interrumpida por el llamado “siglo de la humillación”.
  • Estados Unidos intenta recuperar una percepción de prosperidad y cohesión que parte de su sociedad siente erosionada.

Dos trayectorias históricas radicalmente distintas, reunidas bajo una misma idea: el retorno.

Y en política internacional, aceptar el marco narrativo del otro puede constituir ya una pequeña cesión.

Cuando la identidad se convierte en instrumento de poder

Las rivalidades entre potencias rara vez se libran únicamente mediante aranceles, bases militares o cadenas de suministro. También se disputan a través de relatos.

El “gran rejuvenecimiento” promovido por Pekín apela a continuidad histórica, orgullo nacional y una visión estratégica de largo plazo administrada desde el Estado. Frente a ello, la respuesta posterior de Trump —atribuyendo cualquier signo de decadencia estadounidense a la administración de Joe Biden— expuso otra realidad: la fortaleza internacional de las democracias puede verse condicionada por sus fracturas internas.

Mientras China proyecta una narrativa relativamente cohesionada, la idea de la grandeza estadounidense suele convertirse en objeto de disputa partidista.

La escena recuerda una intuición clásica de Tucídides: las sociedades no se debilitan únicamente por la presión de rivales externos. También lo hacen cuando la polarización erosiona la capacidad de construir objetivos comunes y convierte la política exterior en prolongación de la disputa interna.

La ambigüedad como herramienta estratégica

La habilidad del discurso de Xi reside, precisamente, en su ambigüedad.

Para quienes temen una confrontación global, sus palabras podían interpretarse como una invitación a evitar el conflicto. Para sectores nacionalistas chinos, reforzaban la idea de un destino histórico inevitable. Para Trump, funcionaban como una validación implícita de su proyecto político.

Un mismo mensaje para audiencias distintas.

Sin embargo, la retórica encuentra límites allí donde comienzan los intereses materiales.

La competencia entre Washington y Pekín no se define únicamente en el terreno simbólico, sino en disputas concretas: semiconductores, inteligencia artificial, control tecnológico, rutas estratégicas del Mar de China Meridional o el estatus de Taiwan. El ascenso de una potencia suele implicar una reorganización del espacio que otra considera esencial para su propia seguridad.

Y es ahí donde los relatos dejan de ser suficientes.

El riesgo más persistente no es la hostilidad abierta, sino el error de interpretación. Si una parte confunde polarización con debilidad o prudencia con renuncia, las decisiones estratégicas pueden terminar apoyándose sobre diagnósticos equivocados.

La pregunta que sigue abierta

La geopolítica contemporánea avanza mediante símbolos, discursos y gestos cuidadosamente calculados. Pero detrás de las metáforas históricas y las fórmulas diplomáticas permanecen las capacidades militares, los intereses económicos y las percepciones de amenaza.

Por eso, la pregunta que dejó planteada Tucídides hace más de dos mil años continúa suspendida sobre el orden internacional actual:

¿Poseen las sociedades modernas la madurez política necesaria para gestionar una transición de poder global sin convertir el miedo en conflicto? ¿O seguimos repitiendo la historia porque, una y otra vez, confundimos advertencias con destinos inevitables?

Tal vez la mayor lección de Tucídides no sea que la guerra entre potencias resulta inevitable, sino que las civilizaciones suelen fracasar cuando dejan de reconocer sus propios temores reflejados en el espejo del otro.

 


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