El precio oculto del “oro verde”: por qué
el monocultivo de palta debe replantearse
Por Alberto Kok
Una fruta deliciosa, versátil y símbolo del bienestar
saludable. Así se nos presenta la palta (aguacate) en supermercados, redes
sociales y menús gourmet de todo el mundo. Sin embargo, tras esta aparente
perfección verde se esconde una realidad que no podemos seguir ignorando: el
modelo intensivo de monocultivo de palta está dejando una profunda huella
ambiental, social y económica en América Latina.
Hoy, toca hablar con claridad. Porque cuidar lo que
comemos también implica cuidar cómo se produce.
¿Qué es el monocultivo?
El monocultivo es un sistema de producción agrícola
que consiste en cultivar una sola especie de planta —como la palta— en grandes
extensiones de terreno durante varios años consecutivos, sin rotar con otros
cultivos. Esta práctica puede aumentar la eficiencia a corto plazo, pero
conlleva graves riesgos ambientales y económicos, sobre todo cuando se realiza
a gran escala y sin regulaciones.
Un impacto ambiental que no se ve… pero se
siente
Desde los bosques mesófilos de Michoacán hasta las
quebradas secas de Petorca en Chile, la expansión masiva de plantaciones de
palta ha significado deforestación, erosión de suelos y, sobre todo, una
dramática presión sobre el agua.
La palta necesita entre 1,000 y 1,500 litros de
agua por kilo. ¿Qué significa eso en contextos de sequía y cambio
climático? Significa ríos secos, acuíferos agotados y comunidades rurales que
deben elegir entre regar sus cultivos o abastecer sus hogares.
Y como si fuera poco, en algunas regiones, los
productores eliminan árboles frutales tradicionales (como pacaes,
guayabas, ciruelos, duraznos o higueras) para prevenir la aparición de la mosca
de la fruta, una plaga que afecta el comercio internacional. Esta práctica,
promovida en nombre de la "inocuidad", elimina fuentes históricas de
alimento, ingresos y biodiversidad, transformando huertas diversas en desiertos
agrícolas.
Además, el monocultivo implica una mayor
vulnerabilidad ante plagas y enfermedades. La uniformidad genética facilita
su propagación, y ante la amenaza de infecciones como el hongo Phytophthora,
la respuesta suele ser el uso intensivo de pesticidas y fertilizantes
químicos, que degradan la estructura del suelo, alteran los microorganismos
y contaminan fuentes de agua.
A ello se suma la falta de rotación tradicional de
cultivos, práctica ancestral que permitía descansar la tierra y mantener su
fertilidad. Sin rotación, los suelos se agotan, se compactan y pierden su
capacidad productiva, obligando al uso de insumos externos que perpetúan un
ciclo insostenible.
No estamos hablando de un cultivo en sí dañino, sino
de un sistema extractivo, desregulado y orientado a la exportación masiva que
agota los recursos y deja poco o nada para quienes viven en el territorio.
Cuando el negocio arrasa con la comunidad
El auge del “oro verde” ha traído conflictos sociales
que rara vez ocupan titulares. Agricultores tradicionales desplazados, tierras
adquiridas bajo presión por grandes empresas y comunidades enteras enfrentadas
por el acceso al agua.
Los trabajos que genera esta industria, en muchos
casos, son temporales, mal remunerados y con condiciones precarias. Las
personas, igual que el suelo, están siendo explotadas.
¿Y si el negocio tampoco es tan rentable?
El monocultivo es, por definición, vulnerable. Basta
una plaga o una caída del precio internacional para poner en jaque a toda una
economía local que ha apostado por una sola carta.
¿Dónde queda la resiliencia? ¿Dónde la sostenibilidad?
En este modelo, muy lejos.
Caminos hacia una palta con conciencia
La buena noticia es que sí hay alternativas.
Existen productores que combinan la palta con otros cultivos en sistemas
agroforestales, que reforestan, que cuidan el suelo y comparten el agua de
forma justa. Hay iniciativas con certificación de comercio justo, y políticas
públicas que comienzan a poner límites.
Pero nada de esto será suficiente sin el papel activo
del consumidor. Porque cada elección que hacemos en el supermercado o en el
restaurante tiene una historia detrás.
Decidir con información: el poder está en
tus manos
No se trata de dejar de comer palta. Se trata de elegir
palta con raíces limpias. Busca su origen. Pregunta cómo fue producida.
Apoya cooperativas locales. Exige transparencia a las marcas. Y si vives en una
región donde se produce, haz oír tu voz.
El futuro de nuestra alimentación no puede depender de
modelos que destruyen lo que nos da de comer.
Volver a lo diverso, lo justo, lo
equilibrado
En un mundo que enfrenta crisis climáticas,
desigualdad y agotamiento de recursos, seguir apostando por monocultivos
intensivos es como construir una casa sobre arena. Tarde o temprano, se
derrumba.
La palta puede seguir en nuestros platos, pero con
otra historia. Una historia donde no arrase el bosque, ni el río, ni la
comunidad. Una historia donde producir alimento no signifique quitarle el agua
al vecino. Donde las raíces no sean sólo botánicas, sino también éticas.
Porque sí, podemos cambiar el modelo. Y el
primer paso empieza en lo que eliges hoy.
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