Cuando el poder habla sin derecho. Trump, Venezuela, Groenlandia y el regreso del lenguaje colonial

 


Por Alberto Kok

Las recientes declaraciones de Donald Trump sobre Venezuela —al afirmar que Estados Unidos podría “manejar el país durante años” y “usar y tomar su petróleo”— no son solo una provocación retórica. Son una señal inquietante del regreso de un lenguaje que muchos creían superado: el lenguaje del colonialismo. Ese mismo tono reaparece hoy cuando Trump amenaza con que Estados Unidos tomará Groenlandia “de la manera fácil o de la manera difícil”.

Más allá de simpatías ideológicas, la pregunta central es jurídica: ¿puede un país controlar a otro de manera legal? Desde el derecho internacional, la respuesta es inequívoca: no. El orden jurídico contemporáneo se construyó precisamente para impedir que las grandes potencias impongan su voluntad sobre las más débiles, una lección aprendida tras siglos de dominación colonial.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional fijó una regla básica en la Carta de las Naciones Unidas: ningún Estado puede usar la fuerza para someter a otro, controlar su gobierno, apropiarse de su territorio o explotar sus recursos. Las excepciones —legítima defensa y autorización del Consejo de Seguridad— son limitadas y no aplican ni a Venezuela ni a Groenlandia.

Hablar de “manejar” un país durante años, o de “hacer algo” con un territorio ajeno por razones estratégicas, no es cooperación. Es la descripción clásica de una relación colonial: control externo, pérdida de soberanía real y decisiones tomadas desde fuera. El colonialismo actual rara vez se presenta con ocupaciones formales; suele camuflarse como “administración temporal”, “gestión de seguridad” o “tutela estratégica”. El nombre cambia, la lógica no.

El derecho internacional es claro: todos los Estados son iguales en dignidad y derechos. Ninguno puede decidir cómo debe gobernarse otro. A ello se suma el derecho de los pueblos a la autodeterminación, que incluye elegir libremente su futuro político y económico. Cuando una potencia pretende decidir indefinidamente por otros —ya sea en Caracas o en Nuuk— ese derecho se vacía de contenido.

El interés por los recursos revela aún más esta lógica. En Venezuela, el petróleo; en Groenlandia, los minerales estratégicos y el control del Ártico. La historia del colonialismo está marcada por la extracción de riqueza para beneficio externo. Hoy, el derecho internacional reconoce que los recursos naturales pertenecen a los pueblos del territorio donde se encuentran. Utilizarlos para favorecer a una potencia extranjera reproduce un patrón colonial bien conocido.

En contextos de ocupación, esta práctica tiene un nombre jurídico preciso: saqueo, prohibido por el derecho internacional humanitario y considerado crimen de guerra. No es un juicio moral, sino una categoría legal creada para impedir que la fuerza sirva de excusa para el expolio.

Quienes defienden estas posturas suelen apelar a la democracia, la libertad o la seguridad. Pero el derecho internacional desconfía de los argumentos morales usados de forma unilateral. La democracia no se impone por la fuerza y la protección de poblaciones requiere autorización colectiva, no decisiones del más poderoso. De lo contrario, el discurso ético se convierte en coartada para la dominación.

Es cierto que el derecho internacional no siempre logra frenar a las grandes potencias en el momento oportuno. Pero no por eso es irrelevante. La ilegalidad deja huella: erosiona la legitimidad, habilita sanciones, abre reclamos futuros y queda registrada en la historia. El colonialismo también fue legal en su tiempo; hoy es universalmente condenado.

Venezuela y Groenlandia no son episodios aislados. Plantean una cuestión de fondo: si el mundo aceptará otra vez que los fuertes “controlen” a los débiles y dispongan de sus territorios y recursos. El derecho internacional nació para decir que eso no está bien. Recordarlo no es ingenuidad jurídica: es una forma de resistencia frente al regreso de viejas prácticas con nuevos nombres.


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