“Nuestro hemisferio”: el lenguaje con el
que Estados Unidos se está quedando atrás
La persistencia de una expresión heredada
de la Doctrina Monroe revela una dificultad más profunda: ejercer influencia en
un mundo que ya no acepta zonas de propiedad geopolítica.
Por Alberto Kok
Carlos Alberto Kok Jaramillo (0009-0003-2342-5917) - ORCID
Durante décadas, una frase ha permanecido casi sin
cambios en el vocabulario estratégico de Estados Unidos: “nuestro hemisferio”.
La escuchamos en discursos presidenciales, documentos de seguridad y
advertencias diplomáticas, especialmente cuando Washington se inquieta por la
creciente presencia de China, Rusia u otros actores en América Latina. Con el
tiempo, esta frase ha sido repetida tanto que parece natural, pero en realidad
no lo es.
Hablar de “nuestro hemisferio” no es simplemente
describir un mapa. Es establecer una jerarquía. Implica que hay partes del
mundo donde algunos países pueden elegir libremente sus alianzas, mientras que
otros no tienen esa misma libertad; donde la soberanía es reconocida, pero la
autonomía estratégica está condicionada. Este lenguaje se refiere menos a la
geografía y más a una forma histórica de ejercer el poder.
El origen de esta idea se remonta a 1823, cuando el
presidente James Monroe proclamó que América estaba fuera del alcance de las
potencias europeas. Esa doctrina nació en un contexto muy diferente: imperios
en retirada, repúblicas jóvenes y un Estados Unidos que aún no era una
superpotencia. Sin embargo, con el tiempo, esa consigna defensiva se transformó
en algo más ambicioso: el derecho tácito de Washington a ordenar el espacio
americano.
A lo largo del siglo XX, esta lógica justificó
intervenciones militares, golpes de Estado tolerados y alianzas con regímenes
autoritarios, siempre en nombre de la estabilidad hemisférica. Durante la
Guerra Fría, el hemisferio se convirtió en una línea roja: cualquier desviación
ideológica era vista como una amenaza existencial.
Muchos pensaron que este lenguaje desaparecería con el
fin del mundo bipolar. Pero no fue así. Simplemente evolucionó.
Hoy en día, el control ya no se ejerce principalmente
a través de marines, sino que se manifiesta a través de cables submarinos,
puertos, redes digitales y cadenas de suministro. La pregunta estratégica ha
cambiado: ya no se trata solo de dónde están las bases militares, sino de quién
está detrás del dragado del Canal de Panamá, quién está instalando la
tecnología 5G en Brasilia o São Paulo, o quién gestiona el puerto de Chancay en
Perú.
Un lector escéptico podría argumentar que esto es solo
un cambio superficial, y en parte tendría razón. Cuando Washington presiona
para excluir a empresas chinas de infraestructuras críticas o condiciona la
cooperación migratoria a la “seguridad hemisférica”, sigue ejerciendo el mismo
veto estratégico de siempre, aunque ya no mencione explícitamente la Doctrina
Monroe. El poder no depende del lenguaje que lo describe. Las prácticas de
coerción siguen ahí.
Pero precisamente por eso, el lenguaje tiene su
importancia. Mantener una gramática heredada del siglo XIX introduce un
problema adicional: el cinismo. Cuando los países latinoamericanos escuchan
“nuestro hemisferio” mientras negocian acuerdos de infraestructura con China,
no perciben una simple descripción geográfica, sino una pretensión de propiedad
que choca con la realidad. Esta desconexión no impide la acción, pero la hace
más visible, más costosa y más fácil de resistir.
Es comprensible que Estados Unidos esté atento a sus
intereses. La guerra en Ucrania y las tensiones en el estrecho de Taiwán han
reavivado una ansiedad de seguridad legítima: la preocupación por cadenas de
suministro vulnerables, por riesgos tecnológicos o por conflictos lejanos que
tienen efectos cercanos. Como cualquier potencia, Washington identifica
amenazas e intenta neutralizarlas.
El problema no radica en que actúe, sino en el
contexto en el que lo hace. En un mundo cada vez más multipolar, aferrarse a
zonas cerradas resulta contraproducente. Cuanto más se enfatiza que el
hemisferio es “nuestro”, más se motiva a los países de la región a buscar
alternativas. No por una hostilidad ideológica, sino por pura supervivencia
estratégica. Diversificar socios ya no es una provocación: se ha convertido en
una necesidad.
La comparación con Europa es bastante reveladora.
Después de dos guerras mundiales y el colapso de sus imperios, el continente
aprendió —no sin ciertas ambigüedades— que el lenguaje de la propiedad
geopolítica tiene un alto costo. Europa no ha renunciado al poder ni a la
defensa de sus intereses, pero ha aprendido a ejercerlos bajo otras lógicas:
normas, regulaciones, interdependencia. No se refiere a “nuestro vecindario” en
términos de exclusividad, aunque busca influir de manera decisiva en su entorno.
Esto no convierte a Europa en un actor desinteresado.
Sus políticas migratorias externalizadas, sus presiones comerciales selectivas
y su relación ambigua con África demuestran que la lógica de la esfera de
influencia sigue vigente. La diferencia es más de discurso que de moral: el
Viejo Continente ha dejado atrás, al menos en el ámbito oficial, la retórica
explícita de propiedad territorial. Estados Unidos, por otro lado, la mantiene
viva.
En parte, esto se debe a que Washington nunca ha
enfrentado una derrota imperial comparable. Su relación con la primacía
territorial es más directa y menos traumática. Esa continuidad histórica ayuda
a entender por qué sigue utilizando un lenguaje que hoy suena discordante
incluso entre aliados cercanos.
América Latina se encuentra en el centro de esta
tensión. No es una región alineada ni estructuralmente antiestadounidense. Es
un espacio que busca ampliar su margen de maniobra en un mundo más complejo:
coopera con Washington, comercia con Beijing, dialoga con Europa y trata de no
quedar atrapada en una lógica binaria que ya no refleja la realidad.
Desde esta perspectiva, la región no es simplemente el
“patio trasero” de nadie; es uno de los primeros lugares donde se pone a prueba
la verdadera multipolaridad. Un laboratorio incómodo para las viejas doctrinas,
pero increíblemente revelador.
El mayor riesgo para Estados Unidos no es perder poder
de forma abrupta, sino confundir continuidad doctrinal con eficacia
estratégica. Mantener un vocabulario monroísta mientras se ejerce presión real
crea una paradoja: ese lenguaje no frena la competencia geopolítica, pero la
vuelve más visiblemente ilegítima. Al desnudarla, dificulta que los gobiernos
expliquen a sus sociedades por qué alinearse con un socio que aún habla en
términos de propiedad territorial en pleno siglo XXI.
En este siglo, influir no significa simplemente
declarar espacios como propios, sino convencer, ofrecer y negociar. La
autoridad ya no se impone sola: se construye. Cambiar el vocabulario no
garantiza el fin de la coerción —eso depende de intereses materiales y balances
de poder—, pero sí es una condición necesaria para renovar la legitimidad.
Porque cuando el mundo ha cambiado tanto, aferrarse a las palabras del pasado
no es conservadurismo: es una estrategia fallida.
Quizá la pregunta clave no sea quién controla el
hemisferio, sino si todavía tiene sentido hablar de él como si fuera propiedad
de alguien. El mundo ha cambiado. Y mucho. Los vocabularios diplomáticos suelen
quedarse atrás de la realidad, pero no pueden permanecer allí indefinidamente.

Comentarios
Publicar un comentario