Por. Alberto Kok
Lima, abril de 2026. La firma del contrato en la Base Aérea Las Palmas no parecía, a simple vista, un evento de gran relevancia política. Doce cazas F-16 Block 70, un simulador, repuestos, capacitación y un avión cisterna de segunda mano. Sin embargo, en el Pacífico sur —donde Washington y Pekín luchan por el control de rutas, puertos y cielos— la compra de un avión de combate ha dejado de ser solo una decisión técnica para transformarse en una clara declaración de lealtad. Perú, que durante años mantuvo una flota variada —con MiG-29 soviéticos y Mirage franceses—, ha decidido apostar casi todas sus cartas hacia un solo bando. La cuestión ya no es solo si estos aviones volarán mejor que los anteriores, sino a quién realmente le pertenece el cielo peruano.
La historia comienza con una urgencia palpable.
Durante años, los pilotos de la Fuerza Aérea del Perú (FAP) han estado operando
con márgenes cada vez más ajustados. Las sanciones contra Rusia dejaron en
tierra a muchos de los MiG, mientras que los Mirage 2000 acumulaban más horas
de vuelo de las que se recomiendan. En 2024, el Estado lanzó un concurso para
adquirir entre 12 y 24 cazas multipropósito por alrededor de 3.500 millones de
dólares. Cinco opciones se presentaron: el F-16 estadounidense, el Rafale francés,
el Gripen sueco, el KF-21 coreano —que aún está en desarrollo— y el J-10 chino,
que ofrecía precios competitivos. Desde un punto de vista técnico, el Gripen
parecía ofrecer la mejor relación costo-beneficio. Pero en el ámbito
geopolítico, la eficiencia rara vez es el único factor a considerar.
En febrero de 2026, la comandancia de la FAP
sorprendió al recomendar, mediante la Resolución de la Comandancia General N.º
064-2026 del 11 de febrero, la adquisición del F-16 como la “única opción
viable”. La justificación no se limitó a criterios operativos, sino que
incorporó explícitamente “factores geopolíticos y estratégicos”, al tiempo que
se solicitaba acogerse a la modalidad de “secreto militar no competitivo” —es
decir, sin concurso público—.
La decisión generó reacciones inmediatas. Suecia
expresó su malestar: según Saab, nunca recibió una solicitud formal para
presentar una oferta final. Francia, por su parte, se retiró con discreción.
Corea del Sur fue descartada alegando la inmadurez de su plataforma. China,
aunque no participó como postor formal, proyectó una sombra negociadora que
terminó influyendo en el desenlace.
Lo que siguió fue una serie de presiones diplomáticas
apenas disimuladas. En enero, Estados Unidos designó a Perú como Aliado
Principal Extra-OTAN (MNNA), un estatus que facilita el acceso a tecnología
militar avanzada. Días después, Washington aprobó 1.500 millones de dólares
para modernizar la Base Naval del Callao, ubicada a pocos kilómetros del mega
puerto de Chancay, financiado por capitales chinos. El mensaje era claro: el
Pacífico sur se disputa metro a metro. Funcionarios estadounidenses advirtieron
públicamente que, ante una negociación “de mala fe”, utilizarían “todas las
herramientas disponibles”. La compra dejó de ser una simple transacción para
convertirse en un contrato de adhesión.
Aquí surge el primer problema de fondo. Los F-16 se
venden bajo el esquema FMS, y las regulaciones ITAR imponen restricciones
precisas: el Congreso estadounidense define los usos autorizados —defensa
fronteriza, lucha contra el narcotráfico y el terrorismo—, y cualquier
desviación requiere aprobación expresa. Pakistán ya lo vivió en 2019, cuando
fue cuestionado por reubicar sus cazas sin notificación. Perú podrá estampar
sus escarapelas en el fuselaje, pero la llave de uso sigue en manos del
Pentágono. Modernizar la flota implica, en este caso, aceptar una soberanía
operativa compartida.
La tormenta política interna estalló en abril. El
presidente interino, José María Balcázar, anunció que se posponía la firma para
que el gobierno electo pudiera tomar la decisión. “No hay compra todavía”,
afirmó. Horas más tarde, Fernando Rospigliosi, presidente del Congreso, lo
desmintió: el contrato ya estaba firmado, y el Ministerio de Economía había
hecho un primer pago cercano a los 462 millones de dólares. La renuncia del
ministro de Defensa y del canciller —quienes acusaron al mandatario de no decir
la verdad— confirmó la fractura.
En este contexto, los partidos de derecha —Fuerza
Popular y Renovación Popular— se unieron a Washington con una disciplina
notable. Para ellos, la compra no era solo una modernización militar, sino una
alianza estratégica que debía consolidarse sin dudar. Desde el Congreso,
Rospigliosi actuó como un contrapeso inmediato al Ejecutivo de transición,
asegurando la continuidad del proceso. La defensa del contrato se convirtió en
un símbolo de legitimidad institucional, mientras se acusaba a Balcázar de irresponsabilidad
por intentar frenar una operación que él mismo había habilitado meses antes
mediante decretos reservados. Ilich López, tercer vicepresidente del Congreso
de Acción Popular, anunció que impulsaría una moción de censura contra Balcázar
por "haber puesto en riesgo la seguridad nacional" al negarse a
comprar los aviones. La izquierda, desde el Ejecutivo, intentó detener un
proceso que ya avanzaba con inercia propia. El 20 de abril se firmó el contrato
técnico; el 22, el Banco de la Nación realizó el desembolso.
La contradicción de Balcázar —impulsor inicial y
detractor tardío— revela algo más profundo: en el Perú contemporáneo, la
defensa nacional ya no se decide únicamente en los cuarteles. Se define en el
Ministerio de Economía, en el Congreso y, cada vez más, en las embajadas. La
FAP cumplió su función técnica: evaluó, comparó y recomendó. Pero no decide en
solitario. Sin autonomía presupuestal, su criterio puede ser validado o
desplazado por el poder político.
Cuando esos doce aviones despeguen desde Pisco o
Chiclayo, lo harán bajo la bandera peruana, pero con la tecnología
estadounidense. Serán efectivos para interceptar vuelos ilegales y vigilar
nuestras fronteras. Sin embargo, si en algún momento Perú necesita usarlos en
una situación que Washington no había previsto, se dará cuenta del verdadero
costo de la modernización: no solo se pagó en dólares, sino también en la
capacidad de decisión. En el Pacífico del siglo XXI, esa concesión podría
resultar más costosa que los 3.500 millones del contrato.
La compra marca el final de una etapa de
diversificación de proveedores y el inicio de una nueva dependencia tecnológica
con Estados Unidos. Es, al mismo tiempo, una apuesta por la interoperabilidad y
una renuncia parcial a la autonomía estratégica. En una región donde cada base,
cada puerto y cada escuadrón son parte de un tablero global, Perú ha tomado su
posición. O, más bien, ha sido colocado en ella. Ahora deberá aprender a volar
con alas prestadas, sabiendo que quien presta las alas también suele trazar la
ruta.

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