El trilero digital

 


El trilero digital

Por Alberto Kok

albertokokjaramillo@gmail.com

Carlos Alberto Kok Jaramillo (0009-0003-2342-5917) - ORCID


Lo has visto, aunque no en una esquina. Lo has visto en tu celular, mientras esperabas el bus, mientras la olla de arroz empezaba a hervir, mientras tu sobrino te pedía atención y tú, sin querer, volvías a deslizar el dedo por la pantalla. Tres vasos. Una bolita. La certeza de que algo no cuadra, pero la duda de si eso importa.

El trilero de antaño necesitaba una plaza, una voz ronca y un par de cómplices que aplaudieran cuando ganaban. Hoy no necesita nada de eso. Hoy tiene algoritmos, cuentas falsas y, sobre todo, algo más difícil de detectar que un movimiento rápido de manos: tu propio cansancio.


La fatiga como terreno

Antes de hablar de bots y de millones de dólares, hablemos de lo que sentimos. En el Perú de estos años, la política no se discute; se soporta. Hemos visto caer presidentes como fichas de dominó, hemos escuchado promesas que se desinflan antes del mediodía, hemos aprendido a no creerle ni a quien gana ni a quien pierde. Ese desgaste no es un dato menor. Es el tablero donde se juega todo.

Porque cuando ya no confías en el Congreso, ni en los partidos, ni en la justicia, cualquier historia que te diga "te están engañando" resuena con una verdad emocional, aunque sus hechos sean mentira. No somos tontos. Estamos cansados. Y el cansancio, a veces, se parece mucho a la credulidad.


Los que mueven los vasos

En las elecciones de 2021, mientras el país contaba votos con el alma en un hilo, algo extraño pasaba en las redes. Hashtags que nadie había visto nacer aparecían como "tendencia". Mensajes idénticos, con apenas una palabra cambiada, inundaban Twitter, Facebook y los grupos de WhatsApp. "Fraude", decían. "El padrón está cocinado". Y uno, en medio de la avalancha, podía pensar: si tantos lo dicen, algo de cierto debe haber.

Pero no eran tantos. Eran muchos, sí, pero no eran "la gente".

Investigaciones de Ojo Público y el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP) revelaron algo que duele reconocer: entre 2019 y 2023, seis perfiles vinculados al partido Podemos Perú se habían tragado el 44% de toda la publicidad política en Facebook, Instagram y WhatsApp del país. Más de dos millones y medio de dólares en pauta que, cuando se comparó con lo declarado ante la ONPE, simplemente no cuadraba. No eran ciudadanos indignados compartiendo su opinión. Era una inversión calculada para que tú creyeras que la indignación era espontánea.

Y no fue el único caso. Meta, la empresa dueña de Facebook e Instagram, eliminó en plena campaña ochenta cuentas falsas directamente vinculadas a Fuerza Popular y a su empresa de publicidad, Alfagraf. Ochenta cuentas coordinadas para simular un murmullo de calle donde había un guion de producción. No eran fantasmas sin rostro. Eran operaciones montadas desde estructuras políticas concretas, con nombres, direcciones y facturas.

Así que cuando se habla de ‘cómplices difusos’, la intuición apunta en la dirección correcta, pero se queda corta. No son difusos: son concretos. No hablamos de actores imprecisos, sino de estrategias deliberadas, diseñadas para producir una ilusión muy específica: la de una mayoría en movimiento. Su eficacia radica en eso: en que se esconden detrás de avatares que parecen vecinos.


La mentira que se aprende de memoria

Hay un truco psicológico antiguo: repetir una idea hasta que se vuelva familiar; y lo familiar, casi sin darse cuenta, empieza a parecer verdadero. En el Perú, esa repetición no es un accidente del debate público: es una arquitectura.

En 2021, apenas una hora después de que abrieran las mesas de sufragio, ya circulaban denuncias de fraude. No había pruebas, pero había algo más efectivo: prisa. Comparaciones falsas entre el padrón electoral y el registro de vacunación Covid. Ataques furibundos al Jurado Nacional de Elecciones y a la ONPE. Y todo esto no brotaba de foros oscuros, sino de pantallas de televisión abiertas —Willax TV— y de grupos como la Coordinadora Perú, con afinidad declarada a Keiko Fujimori. La clave no era demostrar, sino instalar. Y una vez instalada, la duda se propagaría sola.

El politólogo Mauricio Zavaleta notó algo incómodo en su momento: esta estrategia de "hubo fraude" no se inventó en Lima. Se importó. Copiaba casi calcada la táctica que sectores afines a Donald Trump habían usado meses antes en Estados Unidos. No éramos originales ni en nuestra indignación. Éramos, sin saberlo, un capítulo más de una misma historia.

Pero aquí viene lo que duele más. La desinformación no vivía solo en las redes. Vivía en paneles publicitarios urbanos que nadie había declarado ante la ONPE. En audios falsos atribuidos a decanos universitarios que nunca dijeron lo que se les atribuía. En panfletos racistas que pedían vigilar el "voto andino" como si fuera sospechoso por naturaleza. Todo bajo la etiqueta #ComunismoNuncaMas, mientras se asociaba a un profesor rural de Cajamarca con el terrorismo de los noventa.

Esto no es "la política está polarizada". Esto es algo más preciso y más sucio: es el terruqueo sistemático, la criminalización de cualquier propuesta de cambio, la construcción de un miedo tan grande que termina pareciendo sentido común.


La plaza es más grande de lo que parece

Si crees que el juego es solo peruano, mira un poco más allá. Los mismos actores que movían fichas aquí estaban conectados con una red que no respeta fronteras. La investigación Mercenarios Digitales descubrió que políticos peruanos vinculados a la Fundación Disenso —organización cercana al partido español Vox— participaban en un coro transnacional que gritaba "fraude" no solo en Lima, sino en São Paulo, en Bogotá, en Santiago. Era la misma melodía, con distintos acentos, cantada por cuentas que ocultaban quién les pasaba la letra.

Y luego está Fernando Cerimedo, el consultor digital que después sería asesor de Javier Milei en Argentina. Él mismo admitió manejar unas 50.000 cuentas creadas artificialmente para "monitorear" conversaciones e inyectar contenido. Cincuenta mil voces que no existían, pero que podían hacer que una idea pareciera mayoritaria.

Así que no, no estamos ante un trilero solitario que engaña a los transeúntes de una esquina. Estamos ante una industria global que ha perfeccionado el arte de simular multitudes. Y el Perú, con su desconfianza institucional agotada, es un mercado perfecto para sus productos.


Los que dejan de gritar

Pero el daño más profundo no lo miden los likes ni las tendencias. Lo miden los silencios.

Seguro conoces a alguien que dejó de opinar en Facebook. O a quien borró Twitter porque "ya no da". O a tu propio padre, que antes discutía en la mesa y ahora solo pone los ojos en blanco y cambia de tema. No es que no tengan opinión. Es que el ambiente se volvió hostil, artificial, agotador. Cuando crees que todos piensan distinto a ti —aunque no sea verdad— callas. Los sociólogos le dicen "espiral del silencio". Tú y yo lo conocemos como la sensación de que ya no sirve de nada hablar.

Y ahí es donde el trilero gana de verdad. No cuando te convence de algo. Sino cuando te convence de que estás solo, de que tu voz es una minoría ridícula, de que el único sentido común posible es el que aparece en pantalla. Cuando dejas de hablar, el espacio público se empobrece. Y lo que queda no es debate: es monólogo con ruido de fondo.


¿Y ahora qué?

La salida más fácil, es decir: eduquémonos, seamos más críticos, desarrollemos "sospecha inteligente". Y no está mal. Pero es insuficiente. Porque no importa cuánto sepas sobre algoritmos si el tablero está amañado.

La ONPE, tras el trauma de 2021, entendió esto. Tuvo que crear ONPEChequea y un bot para monitorear mentiras en tiempo real, como quien pone parches en una tubería que pierde agua a presión. El PNUD, en su informe más reciente, advirtió que el uso creciente de noticias falsas ya no es un problema de educación cívica: es una amenaza directa a la integridad de la democracia.

Esto significa que la salida no puede ser solo individual. No basta con que tú aprendas a mirar debajo del vaso. Necesitamos que los vasos sean transparentes por diseño. Que se sepa quién paga la publicidad política en redes, que las plataformas rindan cuentas sobre cuentas coordinadas, que las empresas de comunicación estratégica no operen como brazos invisibles de los partidos sin fiscalización.

Necesitamos, también, espacios donde hablar no sea un acto de valentía. Donde la conversación sea lenta, donde se pueda dudar sin ser linchado, donde la duda no se confunda con traición.


La última apuesta

Volvamos a la esquina. El trilero sigue moviendo los vasos. Alrededor, algunos aplauden —los de siempre— y otros observan con la frente arrugada, sospechando, pero sin saber cómo demostrarlo.

La lección no es aprender a seguir la bolita. Eso es imposible cuando hay miles de vasos moviéndose a la vez, cuando el juego se transmite por televisión, radio, WhatsApp, TikTok, periódicos y paneles publicitarios simultáneamente. La lección es otra: entender que el juego no es justo, que la mesa está inclinada, que los que ganan no son afortunados sino socios.

Y entender, sobre todo, que el trilero no gana cuando apuestas mal. Gana cuando decides que no vale la pena apostar, cuando te vas de la plaza convencido de que todos los juegos están arreglados y que tu palabra no cuenta.

La política no debería ser esto. No debería ser un juego de manos rápidas donde el más astuto —o el que más paga— se lleva la atención de todos. Debería ser el lugar donde una voz, tu voz, puede alzarse sin necesidad de un ejército de cuentas falsas que la respalden.

Así que no mires solo el vaso. Mira quién pone la mesa. Mira quién paga a los aplaudidores. Mira quién se enriquece cuando tú, cansado, decides que es mejor no decir nada.

Y luego, a pesar de todo, habla.

 


Comentarios