Por: Alberto Kok
En 1899, una fotografía recorrió Bolivia con una
fuerza difícil de exagerar. En ella aparecía Pablo Zárate Willka, líder aymara,
junto al presidente liberal José Manuel Pando. La imagen condensaba una escena
impensable para la época: un indígena situado en el centro mismo del poder
republicano. Más de un siglo después, otra escena produjo un impacto semejante.
Pedro Castillo, maestro rural y rondero de Cajamarca, juraba como presidente
del Perú.
La comparación parece inevitable. Ambos simbolizaron
la irrupción de sectores históricamente excluidos en espacios que durante
generaciones habían permanecido reservados para las élites. Sin embargo, esa
semejanza resulta mucho más compleja cuando se abandona el terreno de los
símbolos y se examinan las condiciones políticas que hicieron posible —o
imposible— su permanencia en el poder.
Zárate Willka fue un jefe militar indígena que
encabezaba comunidades aymaras organizadas y negociaba con los liberales desde
una posición de fuerza territorial. Su alianza con el nuevo gobierno fue
circunstancial y terminó cuando dejó de ser útil para las élites vencedoras.
Capturado y ejecutado en 1905, quedó como símbolo de la exclusión violenta del
mundo indígena del proyecto republicano.
Pedro Castillo llegó por un camino completamente
distinto. Alcanzó la Presidencia mediante elecciones democráticas, pero sin un
partido consolidado ni una organización política capaz de sostenerlo frente a
una crisis permanente. Desde el inicio de su mandato enfrentó una oposición
intensa, sucesivos cambios de gabinete, investigaciones fiscales y un conflicto
constante con el Congreso. Su intento de disolver el Parlamento el 7 de
diciembre de 2022 precipitó una destitución constitucional que puso fin a su gobierno
en cuestión de horas.
La comparación adquiere otra dimensión cuando se
incorpora a Evo Morales. Su llegada al poder en 2006 no fue el resultado de una
coyuntura excepcional, sino la culminación de décadas de organización sindical,
campesina e indígena articuladas en el Movimiento al Socialismo (MAS). Esa base
social y política permitió no solo la estabilidad de su gobierno durante casi
catorce años, sino también la transformación institucional de Bolivia mediante
la construcción del Estado Plurinacional.
La diferencia entre los tres casos no radica
únicamente en el racismo que enfrentaron, aunque este constituye un elemento
innegable. En el caso de Castillo, buena parte del debate público estuvo
atravesado por expresiones clasistas y racistas que evidenciaron la
persistencia de profundas jerarquías sociales. Las protestas posteriores a su
destitución y la muerte de decenas de manifestantes reforzaron esa percepción
de fractura entre el Estado y amplios sectores del país.
Sin embargo, reducir estas trayectorias exclusivamente
al racismo resulta insuficiente. También importa la capacidad de convertir una
representación simbólica en un proyecto político duradero. Willka nunca llegó a
construir un Estado. Morales sí logró consolidar un movimiento capaz de
transformar las instituciones. Castillo, en cambio, obtuvo una victoria
electoral que nunca consiguió traducirse en un gobierno estable.
Existe además una diferencia importante en la
construcción de sus identidades políticas. Zárate Willka fue un reconocido
dirigente indígena; Evo Morales hizo del movimiento indígena y campesino el eje
de su proyecto político. Castillo, por el contrario, nunca articuló un programa
indigenista ni se presentó como representante de los pueblos originarios. En
gran medida, fue la mirada de muchos de sus adversarios la que terminó
asociándolo a esa identidad con mayor fuerza que su propio discurso.
Estas diferencias invitan a ampliar la mirada sobre el
presente latinoamericano. La región atraviesa un momento de creciente
polarización política, caracterizado por el fortalecimiento de fuerzas de
ultraderecha en diversos países. Este fenómeno ha encontrado inspiración en el
ascenso de corrientes conservadoras internacionales y, en particular, en el
liderazgo político ejercido por Donald Trump en Estados Unidos, cuyo discurso
sobre nacionalismo, seguridad, migración y confrontación cultural ha servido de
referencia para distintos actores políticos latinoamericanos. En este contexto,
las disputas sobre representación, identidad y legitimidad democrática
adquieren nuevas dimensiones que trascienden las fronteras nacionales.
Por ello, la comparación entre Willka, Morales y
Castillo resulta valiosa no porque los tres pertenezcan a una misma secuencia
histórica, sino porque iluminan un problema persistente en las democracias
andinas. La llegada al poder de dirigentes procedentes de sectores
históricamente subalternos continúa generando fuertes tensiones, en las que se
entrecruzan el racismo estructural, las desigualdades territoriales, la
debilidad institucional y la capacidad —o incapacidad— de construir
organizaciones políticas duraderas.
Más que ofrecer una respuesta definitiva, estos tres
rostros obligan a volver sobre una pregunta que sigue marcando la historia
política de los Andes: quién puede gobernar y bajo qué condiciones cuando las
viejas jerarquías sociales y raciales continúan definiendo, en buena medida,
los límites del poder.

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