Cuando una sociedad deja de imaginar el futuro
Hay momentos en la historia en los que una sociedad parece
mirar demasiado por el espejo retrovisor. No porque haya decidido aprender de
sus errores, sino porque ya no sabe muy bien hacia dónde avanzar.
En tiempos de incertidumbre, el pasado puede convertirse en
refugio. Allí están —o eso creemos— las certezas que hemos perdido: una época
en la que las cosas parecían más sencillas, las instituciones tenían autoridad,
los vecinos se conocían, los trabajos duraban, los hijos tenían un futuro
previsible y el mundo parecía obedecer ciertas reglas.
El problema es que esa época casi nunca existió exactamente
como la recordamos.
La memoria tiene sus propias trampas. Con el paso del
tiempo, suele borrar algunas incomodidades y agrandar determinadas seguridades.
Así construimos una especie de pasado de bolsillo: manejable, ordenado y
bastante más amable que el pasado real.
No es extraño, por eso, que en momentos de crisis aparezca
la nostalgia. Cuando el futuro provoca miedo, el pasado ofrece algo muy
atractivo: ya ocurrió. No puede sorprendernos.
El sociólogo Zygmunt Bauman llamó “retrotopía” a esa
tendencia contemporánea a depositar en el pasado las esperanzas que antes
colocábamos en el futuro. La expresión resulta sugerente porque señala un
cambio profundo: durante mucho tiempo, las sociedades modernas imaginaron que
mañana podía ser mejor que hoy. El progreso, con todas sus contradicciones, era
una promesa.
Hoy esa promesa parece mucho menos convincente.
Las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial, las
guerras, las migraciones, el deterioro ambiental, la desigualdad y la
desconfianza hacia las instituciones alimentan una sensación de que el futuro
ya no es necesariamente un lugar al que queremos llegar.
Y cuando dejamos de imaginar el futuro, alguien suele
ofrecernos uno prefabricado.
Puede ser el regreso a una supuesta grandeza nacional. A una
sociedad más homogénea. A unas costumbres que, según el relato, antes
funcionaban mejor. A un orden perdido. A una autoridad fuerte que prometa poner
las cosas en su sitio.
La nostalgia, entonces, deja de ser un sentimiento privado y
se convierte en una herramienta política.
Pero no toda nostalgia es igual, ni todos los que la
comercializan venden la misma mercancía. Hay quien anhela la seguridad
económica de un pasado industrial, y hay quien anhela la sumisión de las
minorías. Hay quien extraña la proximidad comunitaria, y hay quien extraña el
silencio impuesto por la censura. Conviene distinguir: la nostalgia puede ser
el síntoma de una sociedad que necesita reconstruir su tejido, o la excusa de
quienes buscan legitimar el autoritarismo. No es lo mismo recordar para reparar
que recordar para excluir. Y cuando evitamos nombrar esa diferencia —cuando
hablamos de "la sociedad" y de "la nostalgia" en abstracto—
corremos el riesgo de legitimar discursos que, en rigor, no buscan recuperar
nada: buscan instalar un poder nuevo bajo la máscara de lo antiguo.
No hay nada malo en mirar atrás. Una sociedad que olvida su
historia está condenada a repetir errores. El problema comienza cuando
confundimos memoria con añoranza y experiencia con idealización.
Preguntarnos qué ocurrió es saludable. Preguntarnos cómo
volver exactamente a aquello que creemos que ocurrió puede ser una trampa.
Porque el pasado no está esperando que regresemos. Y, sobre
todo, nosotros ya no somos los mismos.
Hay, sin embargo, una advertencia que urge hacer. No todo
el mundo puede permitirse el lujo de mirar al pasado con ternura. Para
quienes sobrevivieron una dictadura, para quienes fueron exiliados, para
quienes crecieron bajo la violencia sistemática o la exclusión legal, el pasado
no es un refugio: es una herida que apenas cicatriza. Hablar de "volver a
antes" puede sonar, en sus oídos, como una amenaza, no como una promesa.
La nostalgia es, en buena medida, un privilegio de quienes el pasado les fue
relativamente benévolo. Una sociedad madura debe ser capaz de reconocer que,
cuando algunos dicen "antes éramos más", otros responden:
"antes, para nosotros, éramos menos". El pasado no es una casa común
que todos habitamos con la misma nostalgia: es un territorio disputado, y
algunos de sus rincones están sembrados de escombros que no conviene remover.
Hay otra cuestión todavía más inquietante. Una sociedad
puede acostumbrarse tanto a hablar de lo que perdió que termina olvidando
discutir lo que quiere construir.
Entonces las conversaciones públicas se llenan de
comparaciones: “antes había…”, “antes se podía…”, “antes se respetaba…”. Y casi
nadie pregunta: ¿Qué queremos que exista dentro de veinte años?
Esa pregunta parece sencilla, pero exige algo que las
sociedades en crisis suelen perder: imaginación.
Imaginar el futuro no significa hacer pronósticos optimistas
ni creer ingenuamente que todo irá mejor. Significa recuperar la capacidad de
pensar que las cosas pueden ser diferentes. Incluso cuando no sabemos
exactamente cómo.
Necesitamos volver a discutir qué tipo de sociedad queremos,
qué relación tendremos con la tecnología, qué trabajos consideraremos dignos,
cómo educaremos a nuestros hijos, qué haremos frente al cambio climático, qué
instituciones necesitamos y qué clase de convivencia estamos dispuestos a
defender.
Pero aquí emerge una pregunta incómoda que el ensayo no
puede eludir: ¿Quién tiene derecho a imaginar?
Cuando hablamos de "nosotros" como sujeto
colectivo que debe imaginar el futuro, corremos el riesgo de asumir que todos
los ciudadanos parten de la misma línea. No es así. Imaginar el futuro requiere
tiempo, educación, seguridad material y, sobre todo, reconocimiento. Un
trabajador precario que acumula tres empleos, un joven sin acceso a la
universidad, una madre sola que apenas llega a fin de mes, tienen menos espacio
para la especulación utópica que quienes gozan de estabilidad económica y capital
cultural. La imaginación colectiva no es democrática por defecto: se
democratiza solo cuando se redistribuyen también las condiciones para soñar.
Una sociedad que pide a todos que imaginen el futuro, pero solo permite a unos
pocos acceder a los recursos para construirlo, está ofreciendo una utopía de
cartón: hermosa en el discurso, inalcanzable en la práctica. El futuro no se
imagina desde la abstracta igualdad, sino desde la desigualdad concreta que lo
precede.
No tenemos por qué escoger entre nostalgia y utopía.
Podemos mirar al pasado sin vivir en él.
De hecho, quizá esa sea una de las tareas más importantes de
nuestro tiempo: convertir la memoria en herramienta y no en refugio.
El pasado puede decirnos de dónde venimos. Puede mostrarnos
nuestros errores, nuestras conquistas y también nuestras contradicciones. Pero
no puede decirnos exactamente hacia dónde debemos ir.
Eso nos corresponde a nosotros.
Tal vez una sociedad comienza a salir de su crisis cuando
deja de preguntarse únicamente qué ha perdido y empieza a preguntarse qué
todavía puede construir.
No se trata de abandonar el pasado. Se trata de devolverle
su lugar.
El pasado debe ser memoria. El presente, responsabilidad. Y
el futuro, una tarea colectiva.
Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de imaginar
un mañana distinto, corre el riesgo de convertir el ayer en su único horizonte.
Y una sociedad cuyo horizonte está detrás de ella tiene un
problema mucho más profundo que la nostalgia: ya no sabe hacia dónde caminar.

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