¿Inclusión social o inclusión a qué?
Por: Alberto Kok
Hay palabras que, de tanto repetirlas, terminan
perdiendo parte de su significado. “Inclusión social” es una de ellas. La
escuchamos en los discursos de los gobiernos, en las campañas electorales, en
los informes de organismos internacionales, en las universidades y en las
conversaciones sobre pobreza y desigualdad. Y casi siempre aparece acompañada
de una connotación positiva.
¿Quién podría estar en contra de la inclusión?
Precisamente por eso conviene detenerse un momento. No
para cuestionar la necesidad de construir sociedades más justas, sino para
preguntarnos qué queremos decir realmente cuando hablamos de incluir.
Porque una pregunta aparentemente inocente puede
cambiarlo todo:
¿Incluir a quién, en qué y bajo qué
condiciones?
La preocupación por quienes quedan al margen de la
sociedad no es nueva. Desde hace mucho tiempo la sociología se ha ocupado de la
pobreza, la marginación, la desigualdad y la integración. Pero durante las
últimas décadas el concepto de exclusión social adquirió una importancia
especial. Ya no se trataba solamente de saber cuánto dinero tenía una persona,
sino de comprender por qué determinadas personas o comunidades tenían
dificultades para acceder al empleo, la educación, la salud, la vivienda, la
participación política o, simplemente, a las oportunidades que otros daban por
descontadas.
De ahí surgió con fuerza la idea de inclusión social.
El concepto tuvo un enorme mérito: nos permitió
comprender que una persona puede ser pobre, pero también puede estar excluida
de muchas otras maneras. Puede tener dificultades para estudiar, para conseguir
un empleo digno, para acceder a servicios públicos, para participar en las
decisiones que afectan a su comunidad o para ser reconocida como un miembro
pleno de la sociedad.
Hasta aquí, todo parece claro.
El problema comienza cuando utilizamos la palabra
“inclusión” sin preguntarnos qué hay detrás de ella.
¿Quién incluye a quién?
La primera cuestión es casi una cuestión de gramática.
Cuando decimos que un gobierno va a “incluir” a
determinados sectores sociales, alguien aparece como sujeto que incluye y
alguien como objeto de la inclusión.
El Estado incluye. La persona es incluida.
No siempre hay nada malo en ello. Un programa de
acceso a la educación, una política de salud, una pensión o una infraestructura
que llega por primera vez a una comunidad pueden cambiar vidas.
Pero hay una pregunta que no deberíamos perder de
vista: ¿las personas están recibiendo algo que necesitan o están ejerciendo
un derecho que les corresponde?
La diferencia parece pequeña, pero no lo es.
Un ciudadano que recibe una ayuda es un beneficiario.
Un ciudadano que ejerce un derecho es, precisamente, un ciudadano.
La primera relación puede generar gratitud. La segunda
genera exigencia.
Y una democracia madura necesita ciudadanos capaces de
exigir.
No basta con abrir la puerta
Hay otra cuestión todavía más importante.
Imaginemos una casa a la que algunas personas no han
podido entrar durante décadas. Finalmente, alguien abre la puerta y anuncia que
ha llegado la inclusión.
Perfecto.
Pero ¿qué ocurre si dentro de la casa las habitaciones
siguen distribuidas de manera desigual? ¿Si unos deciden dónde se duerme, qué
se come y quién puede hablar, mientras otros solamente tienen permiso para
permanecer allí?
La metáfora puede parecer exagerada, pero sirve para
entender un problema real.
Incluir no es necesariamente igualar.
Una persona puede acceder a la escuela y seguir
teniendo muchas menos oportunidades que otra. Puede tener un empleo y continuar
viviendo en condiciones de enorme precariedad. Puede recibir atención sanitaria
y seguir sin capacidad para influir en las decisiones que afectan a su
comunidad.
Podemos estar incorporando personas al sistema sin
modificar las condiciones que producen desigualdad.
Y ahí aparece uno de los principales riesgos del
concepto: convertir la inclusión en una especie de operación de maquillaje
social.
El peligro de pedir que se adapte quien ha
sido excluido
Hay una pregunta todavía más incómoda.
Cuando hablamos de incluir a alguien, ¿esperamos que
esa persona se adapte al sistema o estamos dispuestos a cambiar el sistema?
No es lo mismo.
Durante mucho tiempo, las políticas dirigidas a
determinados grupos partieron de una idea bastante sencilla: el problema estaba
en las personas que tenían dificultades para adaptarse.
La mirada contemporánea ha empezado a invertir la
perspectiva.
Si una persona con discapacidad no puede entrar a un
edificio porque no existe una rampa, el problema no está necesariamente en la
persona. Puede estar en el edificio.
Si una comunidad indígena no consigue acceder
adecuadamente a un servicio público porque el Estado no considera su lengua, su
territorio o su cultura, quizá no sea suficiente decir que hay que
“integrarla”. También habría que preguntarse qué debe cambiar en el propio
Estado.
Esto nos lleva a una idea fundamental:
la inclusión verdadera no consiste
únicamente en incorporar a las personas al sistema; también consiste en
transformar aquello que las mantenía fuera.
Cuando la inclusión se vuelve paternalista
Hay otro riesgo que merece atención.
A veces hablamos de determinados grupos sociales como
si fueran personas que necesitan ser “incluidas” por otros.
Los pobres. Los indígenas. Las personas con
discapacidad. Los jóvenes. Las mujeres. Los habitantes de determinadas
regiones.
El lenguaje puede terminar creando una curiosa
paradoja: hablamos en nombre de quienes queremos que tengan voz.
Una política verdaderamente inclusiva debería hacer
algo más que decidir qué necesitan los demás. Debería permitir que esos
ciudadanos participen en la definición de sus propias necesidades y en las
soluciones.
No se trata simplemente de preguntarles qué quieren.
Se trata de reconocer que también tienen conocimiento,
experiencia y capacidad para decidir.
Porque la inclusión pierde parte de su sentido cuando
quienes supuestamente serán incluidos no participan en las decisiones sobre
cómo hacerlo.
Una palabra que todos pueden utilizar
Aquí aparece una dimensión política muy interesante.
“Inclusión social” es una expresión casi imposible de
rechazar públicamente. Ningún político dirá que quiere más exclusión.
Por eso el concepto tiene una enorme capacidad para
generar consenso.
Pero también puede convertirse en una palabra
demasiado cómoda.
Un gobierno puede hablar de inclusión para referirse a
programas sociales. Otro puede hacerlo para defender el crecimiento económico y
el empleo. Otro puede poner el acento en la igualdad de derechos. Otro, en la
identidad cultural. Otro, en la participación política.
Todos hablan de inclusión.
Pero no necesariamente están hablando de lo mismo.
Por eso, cuando encontremos la palabra en un discurso,
deberíamos acostumbrarnos a hacer una pregunta muy sencilla:
¿Inclusión en qué?
Y después algunas más:
¿Quién queda fuera?
¿Por qué queda fuera?
¿Quién decide las condiciones para entrar?
¿Los nuevos incluidos tienen capacidad para decidir?
¿Se están ampliando derechos o simplemente beneficios?
¿Se están modificando las causas de la exclusión o
solamente se están administrando sus consecuencias?
Estas preguntas no buscan desacreditar las políticas
de inclusión. Al contrario. Pretenden hacerlas más exigentes.
De beneficiarios a ciudadanos
Quizá el desafío más importante sea cambiar nuestra
manera de mirar a las personas que sufren desigualdad.
No deberíamos verlas únicamente como receptoras de
ayuda.
Son ciudadanos.
Y esa diferencia importa.
Una democracia no puede conformarse con que las
personas reciban servicios. Necesita que puedan reclamar derechos, participar
en las decisiones, organizarse, expresar sus desacuerdos y sentirse parte de la
comunidad política.
La inclusión social, entendida de esta manera, deja de
ser solamente una política contra la pobreza.
Se convierte en una pregunta sobre la democracia.
Porque una sociedad puede reducir determinados niveles
de pobreza y continuar siendo profundamente desigual en términos de poder.
Y también puede suceder lo contrario: una sociedad
puede empezar a transformar sus relaciones de poder antes de que haya resuelto
completamente sus desigualdades económicas.
Por eso hablar de inclusión debería llevarnos
necesariamente a hablar de ciudadanía, igualdad, participación y poder.
Recuperar el sentido de una palabra
necesaria
No necesitamos abandonar el concepto de inclusión
social. Probablemente necesitamos utilizarlo mejor.
Necesitamos recuperar su sentido más profundo: que
nadie debería quedar fuera de las oportunidades, de los derechos ni de la
posibilidad de participar plenamente en la sociedad.
Pero para conseguirlo hay que ir un poco más allá del
lenguaje amable de los discursos.
La inclusión no debería significar simplemente “dar un
lugar” a quien estaba fuera.
Debería significar también preguntarnos por qué
estaba fuera y qué debemos cambiar para que no vuelva a estarlo.
Y quizá, sobre todo, aceptar una idea que no siempre
resulta cómoda:
una sociedad inclusiva no es aquella en la
que unos pocos tienen la generosidad de abrir la puerta. Es aquella en la que
nadie tiene el poder de decidir quién merece entrar.
Esa diferencia puede parecer sutil.
En realidad, cambia por completo la conversación.
Y tal vez sea hora de empezar a tenerla.
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